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Lídia Lleonart García* Durante el período postcolonial, las sociedades de los distintos países que comprenden el área regional magrebí (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania), inmersas en un proceso histórico de construcción nacional, se han enfrentado a una serie de retos entre los que cabe destacar el islamismo. El empuje de movimientos islamistas que convierten la religión islámica en una ideología de acción política que emergen en la década de los setenta a lo largo y ancho del orbe árabo-musulmán, los cuales han representado un desafío importante para el estado. La situación vivida en Argelia durante los últimos veinticinco años puede ser tomada como caso paradigmático del Magreb contemporáneo, ya que la contestación islamista al régimen se ha manifestado con una fuerza inusitada, siendo éste el país que suscita mayores preocupaciones geopolíticas. Pero también interesa considerar el caso argelino porque en él confluye otra problemática propiamente magrebí, el amazighismo-berberismo: movimiento que reivindica el reconocimiento de la lengua y la cultura tamazigh como parte integrante de la entidad cultural magrebí, que alcanzó su punto álgido en 1980. Actualmente, Argelia y Marruecos son los estados magrebíes que acogen en su seno a la mayor parte de la población tamazighófona existente, lo cual explica que sea en ambos países donde la cuestión tamazigh tenga mayor vigencia. Y Marruecos puede ser tomado como el paradigma de la moderación por lo que se refiere a la manifestación de lo que podríamos considerar como los dos principales retos de la sociedad moderna magrebí: el fenómeno islamista y el amazighista-berberista. El tratamiento de los casos argelino y marroquí permite ofrecer al lector una panorámica comprensiva de la dinámica general de ambos movimientos. Cabe decir además que la evolución de tales movimientos en Argelia ha repercutido en el país vecino. Sin embargo, es necesario ser prudente y desmarcarse de toda interpretación que vincule la manifestación de tal problemática en Marruecos a la malévola influencia argelina, pues éste no es más que un argumento usado por el poder político marroquí que encarna el monarca Hassan II, como estrategia política para evitar la desafección de sus súbditos. En efecto, la vecindad argelino-marroquí se ha vivido de forma conflictiva desde la independencia y Argelia se ha convertido en distintas ocasiones en el principal enemigo de la nación marroquí, lo cual ha beneficiado al régimen por reforzar la unidad del pueblo en torno a la institución monárquica. La guerra de las arenas de octubre de l963 cumplió brevemente esta función, pero es la Marcha Verde de 1975 el evento que simboliza mayormente tal estrategia política. Una marcha popular promovida por Hassan II en defensa de la marroquinidad del Sahara Occidental cuestionada por el estado argelino que ha constituido una fuente de tensiones permanente entre ambos países, convirtiéndose para Marruecos en un pilar básico del régimen. Y, en los últimos años, la radicalización del islamismo argelino ha provocado el miedo al contagio, culpabilizando al vecino de lo que constituye un problema interno. Así ocurrió cuando se produjo el atentado islamista en el hotel Atlas-Asni de Marraquech el 24 de agosto de 1994, que fue justificado oficialmente como el producto de un complot argelino tendente a desestabilizar el reino. El incidente se saldó cerrando la frontera marroquí con Argelia, situación que permanece todavía hoy día.
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