Algunos testimonios orales, de lo que ocurrió a bordo del “General Concha”

Testimonio de dos marineros:
Según publicó el diario “La Correspondencia Militar” bajo el título, “Un relato interesante”, “lo que dicen dos marineros del buque”. “Extracto de una interviú”, del 17 de junio de 1913, los hechos que costaron pérdida de vidas humanas y la del cañonero “General Concha”, se desataron de la forma siguiente, según daba a conocer dicho periódico a la opinión pública: (textual)

“…El Cronista de Málaga llegado ayer a Madrid publica una interesante información de la que reproducimos los puntos más salientes. Trátase de una interviú celebrada por un redactor del citado periódico con dos marineros de la tripulación del “General Concha” y que en los momentos actuales tiene grandísima oportunidad.
Después de relatar los mencionados marineros el acto del encallamiento del buque y de los primeros preparativos para la lucha y el salvamento, manifestaron lo siguiente:

Todos trabajando titánicamente se hallaban dedicados a las faenas referidas las cuales eran presenciadas impasiblemente por los moros.

Pero al enviar desde el buque a una peña un cabo, los cabileños que en ella se hallaban dijeron con acento amenazador que no se tratase de pasar a tierra porque si con tal intención hacíamos el menor movimiento, dispararían sus fusiles.

Entonces el comandante ordenó a los tripulantes que se hallaban sobre cubierta que se retirasen al interior del barco.

El número de rifeños engrosó de modo considerable, y protegidos por las rocas de la playa rompieron contra el “General Concha” un nutrido fuego.

La tripulación distribuyó se convenientemente parapetada detrás de las escotillas y camarotes de proa.

El armamento no estaba completo porque el agua que por la brecha había penetrado inundó parte del lugar donde aquel se hallaba. Desde las ocho de la mañana hasta las diez duró el tiroteo.

El condestable D. Pedro Moiño Sánchez Sanmartín salió de debajo de la cubierta en vista del fuego que hacían los rebeldes, en compañía de su auxiliar, el marinero Eugenio Benítez, con objeto de quitar la funda de la ametralladora de proa y disparar con ella.
El Sr. Moiño, con una serenidad admirable, se dirigió hacia la ametralladora referida, con el fin indicado.
Antes de llegar hasta allí como los moros arreciaron el tiroteo, recibió numerosos proyectiles, que le produjeron la muerte como asimismo a su auxiliar antes citado.

También en aquellos momentos recibió la muerte el repostero del buque, José Piñeiro, que se hallaba junto a la cubierta.
Los marineros al saber la muerte de sus tres compañeros, excitados por el comandante Sr. Castaño, redoblaron las descargas.

Pero nuestros disparos eran ineficaces, porque desde las escotillas no se divisaba bien el sitio donde los moros se hallaban, y en cambio estos dominaban la cubierta del buque.
En dos botes llegaron numerosos rifeños, quienes, trepando por las cadenas de las anclas, penetraron en el buque.

Manuel Bravo era el único marinero que se hallaba sobre cubierta, el cual al ver que los cabileños entraban, dio aviso al comandante. Este ordenó el toque de zafarrancho de combate, y al frente de la tripulación salió a cubierta, donde se hallaban ya unos cuarenta moros.

Estos guardaban la escalerilla que daba acceso a la parte superior del buque y tiroteaban a todo el que intentaba salir.
Además, los moros apostados en tierra, no cesaban de tirotear al buque, al que como hemos dicho dominaban.

Continuar en aquella situación era resignarse a morir sin posible defensa y desistióse entonces de subir, quedándose la fuerza que quedaba en el interior del cañonero disparando desde los camarotes.
Los asaltantes llegaron hasta la cubierta de proa, donde apresaron al contramaestre don José Fernández Lucero, y a los marineros Francisco Estenza, Francisco Peña Soto y otros dos más.

A los cinco los sacaron del buque, vejándolos por las cadenas de proa y dejándolos en sus botes los condujeron prisioneros a la playa. No solamente se apoderaron de los cinco individuos citados, sino que se adueñaron de toda la ropa perteneciente a la tripulación, tanto de oficiales como de marineros y clases.

Al ser abandonado el buque por los moros cesó el fuego, durando esta tranquilidad largo rato.
A las tres y media de la tarde comenzó otra vez un rudo tiroteo. Y poco después los moros en número de doscientos, aproximadamente, invadieron de nuevo el buque.

El ardor bélico de la raza española llegó allí al paroxismo; nadie se acordó de salvar la vida, todos a una arremetieron contra los traicioneros rifeños.

El comandante Sr. Castaño en vista de lo apurado de la situación dijo a la fuerza que quedaba: -“¡Señores aquí no hay más remedio que morir como buenos españoles! ¡Viva el Rey! ¡Viva España”-. Y avanzando el primero, salió a cuebierta seguido de la tripulación.

Imposible es describir la tragedia que se desarrolló en dicha parte del cañonero. La lucha fue denodada, fiera; se combatía cuerpo a cuerpo, los moros disparaban boca a jarro, dada la corta distancia que entre ellos y los marinos existía, y estos últimos acometían a bayoneta calada y haciendo fuego.

El comandante hizo derroches de heroísmo, recibiendo, a poco de empezada la horrible lucha, dos heridas de arma de fuego, una en la frente y otra en la clavícula derecha, cayendo muerto, y junto a él los marineros Francisco Ascorras y Alejo Nacambe.
Sobre la cubierta además de los relatados yacían 16 muertos y 18 heridos españoles y de moros 19 muertos y mayor número de heridos.

Los marineros supervivientes de la sangrienta refriega corrieron hacia la popa, donde se parapetaron, sosteniéndose por ambas partes media hora de fuego.

Del mando de la fuerza en vista de la muerte del comandante, se había hecho cargo el segundo, D. Rafael Ramos Izquierdo.

El cañonero “Lauria” que se supone fue avisado del encallamiento sufrido por el “Concha”, llegó en los momentos que acabamos de describir, a 700 metros del lugar donde áquel se hallaba.

Empezó a hacer las señales de ordenanza, que, dada la situación del buque no pudieron ser contestadas.

Como antes dijimos, los moros, al abordar por primera vez el buque se llevaron toda la ropa de la tripulación.

Al llegar el cañonero “Lauria”, los moros para que este no les ametrallara, se vistieron con dicha ropa y siguieron tiroteando el barco.

El comandante del “Lauria”, como es natural, estaba hecho un mar de confusiones, sin saber a quien combatir, si al “Concha” o a la playa pues en ambos sitios se divisaban marineros.
Los rifeños se libraron de este modo de las descargas del “Lauria”.

A las doce y media de la noche, nuevamente entraron en el funesto cañonero los moros. Estos llegaron hasta donde se encontraba el Sr. Ramos Izquierdo, en actitud al parecer pacífica, y le exigieron la entrega del dinero y de los armamentos.

El Sr. Ramos se negó rotundamente a entregar lo último, porque con anterioridad, usando de la acertada prevención, sacó los billetes de la caja de caudales, guardándolos en una cartera que introdujo en el bolsillo interior de la guerrera. Solamente dejó en caja una escasa cantidad de dinero en metálico. Por eso el Sr. Ramos Izquierdo accedió a ir con los moros hacia el lugar donde la caja se hallaba.
Pero cuando los cabileños se encontraron con tan poco dinero, sospechando que habían sido engañados, registraron al Sr. Ramos, apoderándose de los billetes que había guardado.

Los moros se repartieron por el interior del buque, combatiendo contra cuantos se encontraban en el interior de aquel.
En el mismo instante y aprovechando la intromisión de los indígenas en el interior del “Concha” fue arriado por los marineros uno de los botes salvavidas, en cuyo interior fueron colocados varios heridos que iban custodiados por individuos supervivientes que hacían de remeros. El bote se dirigía al cañonero “Lauria”.

Los rifeños, febriles, cuando se dedicaban al búsqueda de dinero, no repararon al principio en la marcha del bote; pero una vez percatados, hicieron contra él varias descargas.
De estas resultó un marinero herido en la frente, otro en una pierna y otro en el costado con tres balazos.

Algunos de los tripulantes del bote salvador se arrojaron al agua para librarse de las balas. Tales fueron las descargas hechas contra dicha embarcación, que agujereada por los proyectiles, comenzó a inundarse, amenazando hundirse.
En tan crítica situación llegaban al “Lauria”, cuyo comandante ordenó hacer fuego contra los hostilizadores de tierra quienes cesaron el tiroteo.
Los heridos y supervivientes llegaron a bordo del “Lauria” gracias a los cabos que se lanzaban.

Mientras tanto seguían los moros en el interior del “Concha” haciendo de las suyas.

Los pocos marineros que quedaban eran insuficientes para combatir contra el enorme núcleo de acometedores.
Entonces los rebeldes se apoderaron, llevándoselos prisioneros del Sr. Ramos Izquierdo y de los maquinistas Sr. José Silva y D. Antonio Casal, del segundo contramaestre de cargo D. José Bengala y del segundo contramaestre también D. Juan Mateo.

Cesó la hostilidad, y los moros solicitaron de los que en aquella ocasión mandaban el cañonero retirar los muertos y heridos suyos que había sobre la cubierta, los que se les permitió, con la condición de que no disparasen contra el buque mientras se procediera a recoger a los muertos y heridos españoles para enviarlos al cañonero “Lauria”. Los cabileños se marcharon conformes.

Mientras ellos conducían a sus botes los muertos y heridos, nuestros marinos se dedicaban a preparar una expedición de sus compañeros víctimas.

Pero los feroces moros, una vez que habían puesto a salvo a sus muertos y heridos cuando los que quedaban de la tripulación disponianse a hacer lo mismo con sus heroicos compañeros, comenzaron a disparar por descargas, trabándose nuevamente el combate.

Cuando cesó el fuego no quedaba en el “Concha” casi ningún tripulante, los heridos que se encontraban con fuerzas se arrojaban al agua para ganar a nado su salvación. Sábese que algunos de estos perecieron ahogados.

Hasta aquí llega lo manifestado por los marinos supervivientes…”

Otro relato : Mayordomo D. José Gómez Martín:

Bajo el título, “Un relato interesante”, ““Un héroe del “General Concha” El mayordomo José Gómez Martin. Relato interesante. Cádiz 18.”, dicho marino, daba a conocer los sucesos que habían tenido lugar a bordo, aquel 11 de junio de 1913

“…La ciudad de San Fernando, isla de León hallábase consternada verdaderamente por la dolorosa catástrofe del cañonero “General Concha”, cuya tripulación en su mayor parte, era de hijos de aquella población y allí residen sus viudas, sus madres…,sus familias, en una palabra familias llenas hoy de un luto inconsolable.

El cañonero “Recalde” había llegado con varios de los supervivientes, marineros, cabos de mar, condestables; algunos de los pocos que libraron la vida y la libertad en aquel alarde de salvajismo pirata. ¿Quién los encontraba?.

Casi todos habían dedicado el día de fiesta a celebrar con sus familias la suerte inefable de volver a ella; en sus casas era cosa dificilísima hallarles; pero como allí estaba la nota periodística, allí fuimos ampliando nuestra peregrinación hasta que la suerte propicia nos deparó en su domicilio a uno de los más esforzados héroes de la triste jornada, el mayordomo D. José Gómez Martín, que rodeado de su esposa,, de su madre, de sus hermanos, descansaba en una modesta y alegre casita de la calle de San Marcos, cuyos amplios balcones nos ofrecen el espectáculo maravilloso de estas innúmeras pirámides de sal.

-¿Dormía usted?- le preguntamos.
-No señor. Desde el día doce no he conseguido conciliar el sueño más que en ratos muy cortos. Es muy grande todavía el efecto de la impresión que recibimos. Nací verdaderamente aquel día.

-Han circulado diversos relatos del suceso. ¿Usted quisiera decirme lo que ocurrió?.

Y el valiente, con naturalidad y sencillez grandes, nos dijo poco más o menos, lo que sabrá el que leyere.
-Pues verá usted: como a las ocho menos cuarto del día doce navegamos frente a Alhucemas; una neblina espesísima nos impedía a distancia de dos o tres metros; tomadas cuantas precauciones aconseja el peligro íbamos cuando un golpe seco, duro inconfundible nos puso en conmoción a todos; el cañonero había embarrancado. Las vías de agua se acusaron pronto, y el heroico comandante don Emiliano Castaño empezó a dictar las medidas para remediar las averías, en lo que se ocuparon sin pérdida de tiempo los noventa y ocho hombres de la tripulación. Reconocido el barco, se dispuso que un bote, mandado por el alférez de navío don Juan Felipe Lazaga, se dirigiese a Alhucemas para pedir auxilio. “El Concha” no tenía telegrafía sin hilos.

Entre tanto, cuatro o cinco moros llegaron desde aquellas rocas. Se enteraron de lo que ocurría, se dieron cuenta de nuestra situación y vendiéndonos amistad y confianza, pudo apreciarse que uno de ellos se destacaba, marchándose a tierra. No se hicieron esperar mucho tiempo.
Las primeras agresiones fueron desde lo alto de las rocas escarpadas, que ya aparecían llenas materialmente de cabileños. A pedradas simplemente a pedradas, es decir, desgajando grandes peñascos que caían desde lo alto, nos causaron grandes destrozos y algunos contusos, completamente a mansalva. Sonaron los primeros disparos, que se contestaban desde a bordo, en absoluto descubiertos. Nosotros tapábamos con colchones las vías de agua pero nada conseguíamos.

Enormes núcleos de moros se acercaron a nado, y fueron recibidos con nutridísimo fuego de fusilería; puede usted asegurar que les causamos numerosísimas bajas; pero a unos grupos se sucedían otros de mayor número y llegaron a invadir el barco. Allí la lucha fue terrible. En el primer encuentro cayó a proa, atravesado por varios, el pobre comandante. Asume el mando el segundo, señor Ramos Izquierdo, a quien también hirieron los moros en un brazo.

Ya…¿a que seguir? El combate fue una cosa horrible. Como el móvil de aquellos forajidos era solamente el pillaje, entraban como trombas en las camaretas y de allí se llevaban cuanto tenían a mano, ropas nuestras, dinero, todo. Inutilizamos las ametralladoras y muchos fusiles; pero lograron llevarse algunos y municiones. Ya se acercaban el “Lauria” y el “Recalde”; pero no podían aproximarse porque los botes no tenían defensa, y si cañoneaban nos cañonearían a nosotros.

A nado sálvaronse algunos compañeros; otros murieron a balazos y dos se habían ahogado porque no aparecen.

Yo recogí cuantas municiones pude, me parapeté en una escotilla y allí permanecí diez horas. Diez horas horribles. Ahora que… moro que se presentaba, moro que recibía un balazo de mi fusil “puede usted creer que vi caer a más de treinta”. En cubierta el espectáculo era espantoso. Los moros mismos matábanse unos a otros, disputándose el botín. Otros se vestían trajes de marineros nuestros, para que no les dispararamos… y, cuando terminadas mis municiones no veía salvación, me tendí entre dos cadáveres y me respetaron, porque también me creían muerto. Conservé un revolver, con el que pensaba quitarme la vida si aquellas hordas me hubiesen apresado. Dos horas estuve así, y nunca podré olvidarlas mientras viva.

Hechos heroicos, muchísmos, todos los de todos. El practicante, el gaditano Manuel Quignon, hizo cosas admirables. Últimamente recorría los sitios del peligro llevando amarrada una colchoneta al pecho y otra a la espalda con la que algo se resguardaba de los proyectiles; pero más de una vez cayó a tierra por la violencia de estos. El segundo, señor Ramos Izquierdo, con los brazos atravesados de dos balazos, se negó a moverse del cañonero cuando le invitamos a salvarse, ya que toda resistencia era inútil, en un botecillo que logramos arriar y en el cual nos salvamos entre una lluvia de balas. También nos mataron allí dos hombres.

Ya sabrá usted que los moros pidieron por el rescate de los prisioneros cincuenta mil duros y el barco.

No sigo más, señor periodista. El verme a salvo con mi madre, con mi mujer, aquí en mi casa, no lo creo aún; es un milagro patente.

Todo lo perdimos a bordo, el dinero de nuestra paga, el fondo del cargo, que yo llevaba, toda la ropa. En fin: todo, todo. Puede usted decirlo: todo.

La sencillez del relato es su mayor elocuencia. Mi pluma solo ha hecho copiar las palabras de Gómez Martín, quien, afabilísimo, nos despidió, dándonos las gracias por cuanto pudiéramos hacer a favor de que su triste situación sea tenida en cuenta por el Gobierno.

Rafael García…”

Cautiverio

Los marinos españoles que cayeron prisioneros en manos de los de la kábila agresora Bocoya (auxiliada en el ataque por los aguerridos kabileños de Beniurriaguel), en los primeros momentos del combate y, al final, cuando a bordo del “General Concha”, sólo quedaban el alférez de navío Sr. Ramos Izquierdo y aquellos, que no sabían nadar, fueron agrupados en casa del moro de dicha tribu, Larbi, el cual, se declaraba “amigo de España”. Aún y así, se tuvo que negociar el rescate de los mismos.

De dicha agrupación y estado de los marinos, “La Correspondencia de España”, del domingo 15 de junio de 1913, daba la siguiente noticia (textual):

“…Los prisioneros. Han conseguido los moros amigos de la kabila Bocoya que los prisioneros estén reunidos, habitando la casa del Larbi, de la citada kabila. Se asegura que el marinero herido José Ariza González, prisionero en casa del moro Sibera, falleció ayer, a causa de las heridas. Este marinero se encontraba con dos más. Se reciben nuevas cartas de los prisioneros, asegurando que están bien tratados.

El rescate. El comandante militar de Alhucemas, señor Gavila, sigue trabajando para conseguir el rescate de los prisioneros, y se cree que no tardará en conseguirlo. Reina tranquilidad en la plaza…”

Más adelante, de las gestiones practicadas por dicho comandante, el Comandante General, informaba a Madrid, del estado y localización de los prisioneros en el siguiente parte: (textual)

“…En el Ministerio de Marina han sido facilitados ayer los siguientes telegramas:

El número de prisioneros.– Del comandante general de Melilla. Según noticias que recibo del campo, número de prisioneros es de catorce, incluyendo en ellos al oficial que se encuentra en fracción Taurart de Bocoya; algunos de ellos han pedido, por conducto comandante militar Alhucemas, comida, ropa, mantas y elementos curación, y todo ello se les ha mandado inmediatamente.

Desacuerdo entre número prisioneros que ahora indico a V.E., y el que comuniqué ayer, obedece a dificultad conocer número exacto de ellos, que claro es, habrá de descontarse el de muertos se supone hay en el “Concha” que tampoco es posible conocer por el pronto exactamente, por no poder reconocer restos barco. Pongo todos los medios para reconstruir detalles y nominalmente suerte ha corrido cada tripulante barco referido, y tan pronto complete relaciones estoy formando, daré cuenta a V.E.

Los heridos.– Del comandante general de Melilla. Heridos del “Concha” que ingresaron ayer en el Hospital de esta plaza son: cabo cañón Antonio Mesa, marinero Alarcón, muy graves; cabo cañón Francisco García Benedicto, marineros Emilio Vaqueiro, Luis Escobero, Santiago Bárcena, José Real González y Juan Durán, menos graves; cabo cañón Francisco López Fontcubierta y marineros Vicente López Moreno, Antonio Carrillo Marín, Juan Soler Carmona, Rafael Pinazo Guerra, Manuel Bravo, Secundino Agraro; fogonero Sebastián Sánchez Ariza y carpintero Cristóbal Moreno Benítez; de ellos ha fallecido el marinero Salvador Alcón, los demás siguen en general mejorando.

Los prisioneros.– Del comandante general de Melilla. Los tripulantes del “Concha” de que tengo noticias son alférez de navío Ramos Izquierdo y marinero Barroso, que están en casa del moro Larbi, confidente nuestro; marineros Mateo Casal y Lagostera, en casa del Marzo, de la familia del anterior; cabo de fogoneros Juan Aragón, maquinista José Ariza y marinero José Picón, en casa de Civera, todos en la kabila de Bocoya, y en la de Taxdirt Beniurriaguel el contramaestre José Fernández que está, que está en casa del moro Médico, y contramaestre José Bencala y aprendiz de maquinista Fernando, en casa de un primo del moro llamado Moreno.

Todos están en casa de amigos nuestros; negociaciones para rescate van por buen camino, esperando se consiga en breve libertad.

Número exacto.– Del comandante general de Melilla. Aunque por dificultades comunicarme con barcos no me es posible asegurar rigurosa exactitud número de bajas de tripulación Concha, interin no reciba relaciones nominales que he pedido puedo anticipar a V.E que son las siguientes: 17 muertos y 17 de heridos, de estos siete tan leves que han sido dos dados de alta (se refiere al carpintero Cristóbal Moreno y a Antonio López Moreno), 11 prisioneros cuyos paradero conozco, y el resto de la tripulación salvada a bordo del “Lauria”…”

Hans Nicolás i Hungerbühler

 

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