Veneno y antídoto en la memoria del Rif

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EL PAÍS / Por Analía Iglesias

Una metáfora certera sobre la memoria, a partir de la manera en que los lugareños curaban las picaduras de escorpión, da pie al relato histórico: lo mismo que enferma, en la dosis apropiada, cura.

En estos últimos días se ve más que nunca que África no es un país o que es el país que empieza donde la ley suele disolverse. En estos últimos días las cuchillas de las alambradas donde empieza ese país-no país lastiman dedos infieles del sur, pues tienen el filo orientado en el sentido de entrada a Europa. En el otro, del norte al sur, en cambio, las cuchillas no cortan, los muros abren puertas ciudadanas y la ley se vuelve laxa, cuando no se desvanecen los tratados internacionales escritos para regir en los países-países.

A unos cuantos kilómetros de esas alambradas de hoy, la aviación española bombardeaba con ‘gas mostaza’ (iperita) a la población civil del Rif en los años veinte del siglo pasado. Acababa de finalizar la Primera Guerra Mundial, en la que Alemania había probado la eficacia letal de la iperita, y las potencias europeas acordaron la prohibición de la guerra química. Y entonces, Europa fue un país y África, otro continente.

En estos últimos días se ve más que nunca que África no es un país o que es el país que empieza donde la ley suele disolverse. En estos últimos días las cuchillas de las alambradas donde empieza ese país-no país lastiman dedos infieles del sur, pues tienen el filo orientado en el sentido de entrada a Europa. En el otro, del norte al sur, en cambio, las cuchillas no cortan, los muros abren puertas ciudadanas y la ley se vuelve laxa, cuando no se desvanecen los tratados internacionales escritos para regir en los países-países.

A unos cuantos kilómetros de esas alambradas de hoy, la aviación española bombardeaba con ‘gas mostaza’ (iperita) a la población civil del Rif en los años veinte del siglo pasado. Acababa de finalizar la Primera Guerra Mundial, en la que Alemania había probado la eficacia letal de la iperita, y las potencias europeas acordaron la prohibición de la guerra química. Y entonces, Europa fue un país y África, otro continente.

‘Arrhash’ es un documental que rodaron, en la primera década de este siglo, un rifeño y un español, que no querían que los últimos supervivientes de aquel capítulo de la Guerra del Rif (1921-27) se fueran sin dejar testimonio de lo que vivieron cuando aparecieron esos aviones rociándoles veneno (que es lo que significa ‘arrhash’ en rifeño). Un cine ciertamente de autor/es que, bien lejos de aquella revancha de un Ejército humillado por la guerrilla, busca reparar abrevando en el antídoto de la memoria común. Y que, además, ofrece un registro luminoso de la vida cotidiana en el Rif de hoy.

La película de Tarik El Idrissi y Javier Rada, que se estrenó hace un tiempo y puede verse completa en Internet (está bajo licencia Creative Commons). Y hay razones para esta ferviente recomendación, porque no se trata de un documento más sobre aquellos años en que las guerrillas rifeñas desafiaron a la España de Alfonso XIII, que iba a imponer su poder en aquel territorio cedido por Francia. Tampoco es otra película para recordar a Abdelkrim, o su victoria en la batalla de Annual, en julio de 1921, que supuso la retirada del Ejército español y la firme decisión de venganza.

Como las buenas obras, este documental puede leerse en varios niveles; esto es, indagando en la historia a través de sus testigos, mientras se construye la posibilidad de una nueva mirada y se va dando cuenta de lo que sucede en torno a la filmación y a la gente de aquel lado, que no solo está ahí para darle densidad al paisaje. De este lado, la gente también va cambiando y resulta interesante intuir qué les pasa a los directores y a los técnicos o qué nos pasa a los espectadores cuando atravesamos la pantalla, por detrás de ese burro que, como todo Marruecos, siempre espera, mira y espera, con fondo de folk bereber.

“El antídoto está en la memoria”, resume uno de los guionistas, el que nació en Alhucemas y ha escuchado hablar a “los antiguos” sobre cómo la piel se le caía “a tiras” a la gente en los mercados y en las plazas bombardeadas de los pueblos del Rif, cómo quedaban ciegos o morían tiempo después, porque el agua y el suelo seguían contaminados.

Entre 1923 y 1925 hubo intensos bombardeos con gas mostaza, confirman los historiadores de este lado del Mediterráneo. Ni España ni Marruecos (que décadas más tarde usó napalm contra esa misma tierra) quieren oír hablar de aquello, aunque no dejen de clamar los habitantes de las ciudades del Rif, que sospechan de la herencia genética de aquellas bombas en la altísima incidencia de cánceres entre la población rifeña, todavía. “Las sardinas son más importantes que nosotros”, se oye, en alusión a los pactos de pesca entre los Estados.

Aquellos químicos salían de la fábrica ‘La Marañosa’, que está en las afueras de Madrid, cerca de San Martín de la Vega, y que hace apenas un par de años, cuando la película ya estaba terminada, dio un salto de nombre y status para convertise en el Instituto Tecnológico ‘La Marañosa’, dependiente del Ministerio de Defensa.

Pero había que bajar adonde cayeron las bombas: basta de tomas aéreas sobre el macizo y la costa y de relatos distantes y solemnes. Hay que rastrear en la memoria verdadera, debajo de las piedras, hurgar hasta que salgan los escorpiones agazapados.

Y es que esa zona montañosa donde la humedad del mar Mediterráneo se estampa contra la tierra seca carece de historia escrita y fue, durante muchos años, un territorio relegado de los centros de poder. Sin embargo, algunas cosas están moviéndose en el Rif: su idioma, el amazigh, se lee en las calles y se escribe ya en la escuela con su propio alfabeto porque, desde hace apenas dos años, es un idioma cooficial en Marruecos.

La historia empieza a escribirse y a filmarse, y entonces la vida cotidiana se impone; en el caso de ‘Arrhash’, en planos realmente inspirados, como el de los perros enredándose en el patio de tierra, con el último sol inmenso de una tarde inmensa, mientras suena un blues rifeño… o la emblemática imagen del pájaro migrante sobre antena parabólica. Y es contagiosa la paciencia frente al té a la menta y el cariño con el que se saludan los hombres besándose alternativamente las manos, mientras los niños siguen observando, porque los niños siempre observan y escuchan. He aquí la colateral ‘población civil’.

“Todos sufrimos y todos nos llevamos nuestra parte”, es la humana síntesis de la última víctima, el último entrevistado. Casi centenario, ciego y cansado de rencores, Mohamed pregunta y se responde: “¿Por qué no vamos a perdonarlos (a los españoles)? Son nuestros hermanos”.

“La memoria es como un escorpión”, recuerda El Idrissi, y si uno sabe aplicarse el veneno en la herida, sanará.

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