La religión entre Estado y sociedad

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El debate está planteado a diferentes niveles dentro del mundo árabe. No es un artificio, pero sería ilusorio pensar aportar una respuesta zanjada o consensual. Es la expresión de la evolución de la sociedad. Dos ejemplos, bastante cercanos y distantes a la vez, parecen encajar con dos imperativos, secularismo y referencial religioso, me refiero a Turquía e Israel. El acto fundador del Estado turco moderno es el kemalismo resueltamente laico, pero la evolución de la sociedad ha abierto el camino a expresiones políticas de inspiración religiosa, sin cuestionar la orientación laica del Estado, erigida como principio sacro-santo. Israel  justifica su razón de ser en la ideología sionista, resueltamente laica, obra de activistas ateos que debieron, sin embargo, apropiarse del legado judaico de esencia religiosa… Una sociedad no es una construcción mecánica que debe responder a una racionalidad sin fisuras…

La contradicción forma parte de la experiencia humana. Es hasta fuente de vitalidad. Y la razón debe coexistir, en la experiencia humana y la trama de la sociedad, con la tradición, el interés,  incluso la superstición. El mundo árabe del mañana no se forjará dando la espalda a su referencial religioso, que deberá además pensar, o para retomar la bella expresión de Goethe : que debe adquirir para poseerlo. Nose forjará  tampoco dando la espalda a la aventura humana. Tirar la modernidad occidental con el agua del baño es simplemente condenarse. Habrá que apropiársela.

Podemos destacar dos tendencias asimétricas, de un lado los partidarios del referencial religioso, y, de otro, los partidarios de la modernidad occidental, con muchos avatares. El islamismo es ciertamente plural, y podemos destacar el parentesco de  ciertas corrientes con la modernidad occidental. Son sucedáneos de una modernidad deseada pero fuera de alcance. El bagaje religioso del militante islamista político es a menudo rudimentario. Es médico, agrónomo, filósofo, que se ha parado en el linde de esta modernidad occidental incapaz de abarcar, porque no hay relación íntima con ella, ni en términos de clase, por provenir de clases medias o de capas desfavorecidas, ni por referencia a su cultura, ya que emerge de un medio tradicional. La modernidad  lo desvía por sus conclusiones tajantes, de la laicidad al evolucionismo, pasando por la libertad de pensamiento, o la libertad a secas. Si este desvío lo efectúa a través del referencial religioso, es para domar esta modernidad que desea a propósito… En su acción social y política, no hace más que pisar los talones a sus predecesores “modernos” o “modernistas”. Adopta hasta sus defectos, a veces de manera caricatural. Es, en suma, evolutivo, y no rechaza los logros de la experiencia humana. Necesita exactamente tiempo para digerirla, o, en caso de necesidad, domesticarla…

El modernista, en cambio, siendo sutil, ya que está rodado en la casuística, parece no hacer concesiones, a no ser de forma.  Está a favor de una apropiación del hecho religioso por el Estado. Rehúsa reconocer a la sociedad cualquier derecho al hecho religioso. La religiosidad de la sociedad es un hecho establecido que es mejor confiar al Estado en tanto que detentor del monopolio del campo religioso, al tiempo que es la palanca de la modernidad. Los mentores de esta tendencia reconocen su parentesco con Maquiavelo, quien especifica en su Discurso sobre la primera década de Tito Livio que “la religión es una sirviente de la política, una irremplazable policía del Estado, un admirable medio disciplinario imprescindible para la cosa pública  (…)Poco importa que los gobiernos no crean en esta religión”. Esta visión pragmática, incluso cínica, se vincula a un continuum del enfoque colonial. Hay que conformarse con la religiosidad de la sociedad que eludimos delegando la gestión religiosa al Estado, sin convicción.

El modernista concentra su acción, como tiempo colonial, sobre el caleidoscopio de las élites. ¿Del pueblo? Ningún interés ¿De la sociedad? Es una pasta amorfa… Tiene su par en el Jacobino francés, portador de un ideal racional, brillantemente descrito por Hippolyte Taine en su monumental obra Los orígenes de la Francia contemporánea….Nuestro modernista, a semejanza del Jacobino,  ve la sociedad a través de su prisma o de su molde, con una escolástica de pedantes.

El modernista debe descender de su pedestal. No puede dar la espalda a la sociedad y a las corrientes que la atraviesan. Por sí solo puede confeccionar, como en otros precedentes históricos, un instrumento valioso para influir sobre la sociedad: la educación.

Los tunecinos parecen haber conjugado los dos imperativos, y si están teniendo éxito es gracias a su sistema educativo, muy avanzado en relación a los países de la región. Debemos reabrir este proyecto de amplitud. Pero de otro modo.

HASSAN AOURID

Artículo publicado en la revista La Vie économique (www.lavieeco.com) 2012-04-18. Traducido del francés por Fikri SOUSSAN)

 

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