“Traigamos mundo al mundo”

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Nuestra sociedad es plural, y el multiculturalismo ya es un hecho y una ideología aceptada por las personas demócratas. Esta multiculturalidad procede del elogio de la diferencia. Las diferencias aportan riqueza y no cabe ni es políticamente correcto impedir ninguna de ellas. En este tipo de sociedades multiculturales, multirraciales y multirreligiosas la actitud clave que debe estar presente es la de respeto y comprensión a lo diverso con el único límite de que ninguna persona sea obligada a hacer lo que no desea, más allá de nuestros deberes como ciudadanos y ciudadanas. Pero ocurre que esta sublimación de la diferencia encierra sus trampas cuando estas no entran a debate o se basan en lo sagrado e intocable de unas creencias bajo el argumento de la libre elección y no atienden a que la libertad no es solo una opción personal sino que también está históricamente y culturalmente construida. Yo creo que nada es intocable y que lo personal es político, como decía Kate Millet.

Creo que para una mejor convivencia, nuestra sociedad debe basarse en unos principios innegociables en el terreno de la laicidad. Esta laicidad no es incompatible con la práctica religiosa. Tratar las opciones religiosas como asuntos privados respetables y en lo público defender las condiciones que hacen posible la convivencia plural y democrática. La tolerancia debe mantener intactos unos principios compartidos en donde la libertad y la igualdad de las mujeres no sea solo un asunto particular, sino que siguiendo las palabras de la filósofa Martha C. Nussbaum en su libro “La nueva intolerancia religiosa” sean los principios portadores de una dignidad humana básica inalienable, al igual que lo es la facultad de buscar el sentido último de la vida ,la conciencia, y la relación de esta con la dignidad y deben construirse desde la empatía. No se trata pues, de desprenderse de la religión sino de ponerla en su sitio.

Las conquistas de derechos y particularmente los de las mujeres han surgido tras muchos conflictos y a menudo confrontándose con los espacios ocupados por los hombres y sus reglas patriarcales.

Leyendo a las mujeres feministas y entendiendo que el feminismo pasa por la emancipación de las mujeres, me he encontrado con mujeres musulmanas y feministas, como Fatema Mernissi que propone una lectura no sexista del Corán, católicas y feministas, judías y feministas y de muchas confesiones, en la conquista de la igualdad, en grandes o pequeñas revoluciones y ganando espacios para las mujeres y por tanto alcanzando mayores cuotas de libertad y trayendo mundo al mundo. Y lo que más me he encontrado es con mujeres laicas y feministas en todos los países del mundo.

Y esto sucede porque laicismo y feminismo son dos conquistas que caminan juntas y no son del gusto de los tradicionalismos religiosos, cristianos, musulmanes u otros. Los credos patriarcales de muchas religiones y sus interpretaciones de sesgo sexista y androcéntrico no han ayudado a la igualdad de hombres y mujeres. Las mujeres se rebelan contra sus cadenas en todos los lugares de la tierra. Esta revolución no cruenta es necesaria. Pero hay que ir más allá para no incorporarlas o hacer de la victimización un rasgo de identidad. Las mujeres debemos cuestionar la normas no sólo focalizando en el opresor y actuar desde otros lugares que nos dan sentidos más libres de ser. Movernos en terrenos de resignificacion libre, pues ya nos decía la escritora afroamericana feminista Audre Lorde: “las herramientas del amo no destruirán la casa del amo”.

El velo está ahora en cuestión. Creo que es tan indeseable obligar a llevarlo como prohibirlo. Sin embargo, reconocer el derecho a llevarlo o a vestir como nos plazca no significa no poder analizar el hecho, ni nos impide mirar más allá. En palabras de la filósofa española Amelia Valcárcel: “Lo difícil no es ponérselo aquí sino quitárselo allí”.

Al patriarcado no le interesa perder su sistema de privilegios igual que a Pérez Reverte no le interesa tanto hablar de libertad femenina como atacar al islam. Estos terrenos son estériles para nosotras las mujeres.Y es precisamente este posicionamiento de guerra de

culturas y religiones lo que refuerza las posturas extremas e inamovibles y radicaliza los símbolos como argumentos identitarios. Posiblemente la apuesta por la laicidad al modo francés funcionaría si no escondiese tanto racismo, o si no hubiera confundido integración con asimilación y nos valdría la crítica de Reverte si este fuera un John Stuart Mill del siglo XXI y no un hijo sano del patriarcado. A Reverte se le olvida que el sexismo se combate con la persuasión y el ejemplo, no eliminando la libertad ni con las políticas del miedo al otro o a la otra. Es desde las mujeres y sus verdaderos deseos y no desde los deseos masculinos, o desde la conciencia de la opresión y su denuncia, como hacen mujeres como Wassyla Tamzali, Nawaal el Saadawi, Sophie Bessis, o Joumana Haddad, desde donde se producen los cambios. Generemos pues amplias opciones de libertad por medio de la educación en un terreno de valores compartidos e inalienables y que las mujeres elijan.

Elena Fernández Treviño (Profesora de filosofía y poeta)

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