Marruecos debate legalizar el cannabis

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Mohamed V prohibió el cultivo y la venta, pero nadie se ha atrevido nunca a erradicarlo en el Rif. No pueden quitarles lo único que les da de comer

Cuando se abre la puerta, el aire se vuelve dulce. Un aroma intenso llega flotando desde los 400 kilos de planta de cannabis que Hamid tiene amontonados en una habitación. Están apilados sobre dos grandes palés y ocupan casi todo el espacio disponible, desde el suelo hasta el techo. Responde preguntando: “¿Legalización? Si voy a vivir mejor, lo apoyo desde ahora mismo. Siempre que tengamos libertad y un buen precio, claro”. Tiene 45 años y lleva desde los 10 cultivando quif (hachís).

Este año Hamid ha plantado jardala, una variedad que resulta de la mezcla de varios tipos de grano, entre ellos el de Pakistán, más oscura que la variedad local, el quif de siempre, que es de un color verde brillante. La ventaja de la jardala es que con 100 kilogramos de planta se obtienen unos tres o cuatro de producto final. Con la variedad local, sacan poco más de un kilo por cada 100 kilos de planta. Y, sin embargo, Hamid defiende el quif del Rif, en el norte de Marruecos. “Es de mucha mejor calidad para fumar. El quif es dulce, relajante, no da dolor de cabeza”.

Bensaid es capaz de vislumbrar en los verdes campos del norte un importante nicho de mercado para la economía marroquí. Ya ha contactado con algunas farmacéuticas interesadas en la explotación de la planta. Se crearía empleo y el Estado obtendría más ingresos vía impuestos 

El tipo de grano, la altitud (a más de 2.000 metros) y el clima especial de las montañas marcan la diferencia. Pero la cura es también la enfermedad: el frío impide obtener más de una cosecha al año. Hamid, como tantos otros agricultores de las montañas de la región de Ketama, en el alto Rif central, provincia de Alhucemas, cultiva cannabis en una pequeña parcela de su propiedad. Apenas 1.000 metros cuadrados de los que obtiene, como máximo, 600 kilos de planta.

Hace las cuentas: “la vendo, en el mejor de los casos, a 100 dírhams el kilo (unos 9 euros). 100 dírhams por 600 kilos me da 60.000 dírhams (5.300 euros) y a eso tengo que quitarle los gastos, porque empleo a algún trabajador para que me ayude a labrar la tierra, regar y recolectar. Pongamos que tengo unos 20.000 dírhams de gastos (1.700 euros), así que me quedan 40.000 dírhams de beneficio (3.600 euros) para vivir todo el año”.

Con eso y con lo que obtienen él y su mujer de pequeños trabajos en la zona tiene que mantener a sus cinco hijos, que también ayudan en lo que pueden. Una vaca, diez gallinas, unos manzanos y el horno de piedra para cocer el pan completan los recursos económicos de Hamid.

¡Pam, pam, pam, pam, pam, pam! El sonido retumba en todo el valle. En la casa de los vecinos de Hamid, Mohamed y sus dos amigos golpean con dos varas un recipiente circular envuelto en plástico y lleno de plantas de cannabis con un filtro para recoger el polvo que desprenden. Trabajan como jornaleros por 130 dírhams al día (once euros). Sonríen. “¿Has visto cómo suena la batería?”, dice Mohamed antes de hacer un descanso y sentarse a la mesa para tomar un té y unos huevos cocidos con comino y sal.

“Hay que sacar a los agricultores de ese círculo de tráfico y mafia”

Los hijos pequeños de sus dos amigos (los tres han cumplido ya los treinta años) revolotean alrededor de la comida. Al terminar sacan dos pequeñas piezas de hachís oscuro y aromático conservado en celofán y un paquete de cigarrillos y se preparan para fumar. “Queremos un futuro mejor para nuestros hijos pero, de momento, sólo podemos contar con nuestras espaldas y nuestro sudor para sacarlos adelante. El Estado no nos da otra alternativa”. No quieren marcharse a la ciudad para buscar trabajo porque supondría un desembolso en alquiler, traslados y recibos.

Sobre su futuro no hay muchas más opciones (“Aquí al menos tenemos un ingreso seguro”) y sobre su pasado pesa el estigma de haber nacido en el país del quif. “En cuanto la policía ve en nuestro carné que somos de Ketama, nos registran”. Entre caladas y sorbos de té, Mohamed se ríe de la obviedad de la respuesta al preguntarle cuántos conocidos tiene en prisión por cultivar cannabis. “¡Puf!”, exclama, “muchísimos”.

Marruecos es uno de los mayores productores (40.000 toneladas al año)  y exportadores mundiales de cannabis, junto a Afganistán. Más de 800.000 marroquíes viven del cultivo ilegal, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen. Se calcula que 17.000 personas están en prisión y 40.000 buscadas en relación con el cultivo o tráfico de dicha sustancia.

Legalizar, sí, pero legalizar ¿qué? y ¿dónde? Ésa es la pregunta. Porque ahora todo el norte cultiva cannabis, pero el dinero está en manos de los grandes terratenientes

Hay que sacar a los agricultores de ese círculo de tráfico y mafia”, explica a El Confidencial Chakib el Khayari, miembro del Colectivo marroquí por el uso médico e industrial del quif. Su asociación, con base en Nador, ha presentado a los parlamentarios marroquíes un proyecto para cambiar la ley de 1954 (cuando Marruecos todavía no se había independizado), que prohíbe su cultivo y consumo.

Se trata de autorizar la cultura del quif evitando su transformación en droga. “De esta forma los agricultores dejarían de ser criminalizados, podrían trabajar dentro de la legalidad y no tendríamos el problema de la pérdida social que supone tener a uno o más miembros de la familia en prisión”. El propio Khayari fue condenado a dos años de cárcel por denunciar los tratos de algunos gendarmes y policías en relación con el cannabis.

Farmacéuticas interesadas en su explotación

No se trata de convertir el norte de Marruecos en un gran coffee shop ni se habla, por ahora, de legalizar el consumo y venta de hachís (la resina que se obtiene del cannabis) porque la sociedad marroquí “de momento, no está preparada para eso”, señala a este diario Mehdi Bensaid,  diputado del Partido Modernidad y Autenticidad (PAM), que está dispuesto a redactar un proyecto de ley y convencer al resto de las fuerzas políticas de los beneficios medicinales e industriales del cannabis.

Desde su despacho en el parlamento de Rabat, Bensaid es capaz de vislumbrar en los verdes campos del norte un nicho importante de mercado para la economía marroquí. Ya ha contactado con algunas farmacéuticas interesadas en la explotación de la planta: “Les atrae la idea de empezar a trabajar con los agricultores para proponer productos sanos, legales, a partir del cannabis. Lo importante para nosotros es que se podrían crear empleos y una oportunidad para los jóvenes de la zona y el Estado obtendría más ingresos vía impuestos. Se crearía riqueza”.

De la planta del cannabis puede aprovecharse prácticamente todo. Sus semillas se han empleado desde hace siglos en la preparación de alimentos para el ganado, su aceite puede utilizarse como producto cosmético o medicinal y sus fibras se emplean para fabricar cordel, papel, velas de barco, ropas e incluso aislantes que se utilizan en la construcción de edificios.

“¿Fines medicinales o industriales? ¡Lo que espero es que no lo usen con fines políticos!”, exclama Abdelatif Adebibe, presidente de la asociación para el desarrollo del Rif central, que comenzó a trabajar por la legalización del cannabis en 1999 y denuncia el olvido histórico de las montañas del norte por parte de las autoridades marroquíes. Dice que lleva años escuchando promesas políticas de todos los colores.

En su casa, a pocos kilómetros de Ketama, entre manzanos y cedros, relata cómo su tribu, los amazigh Sanhaya, fundadores del imperio almorávide, resistió y continuó luchando incluso después de la rendición de Abdelkrim, el líder rifeño que plantó cara al colonialismo francés y español en los años 20 del siglo pasado. “Y después de todo nos han olvidado. Nadie ha hecho nada”, se lamenta.

En esas montañas y en esa casa, la de su padre, se reunía la resistencia urdiendo planes para subir armas desde Tetuán hasta las montañas y estudiar estrategias de combate. Esta estirpe de guerreros de las montañas luchó contra el colonialismo hasta la independencia de Marruecos en 1956, y lo sigue haciendo todavía hoy para sacar al Rif del subdesarrollo. “Legalizar, sí, pero legalizar ¿qué? y ¿dónde? Esa es la pregunta. Porque ahora todo el norte cultiva cannabis, pero el dinero está en manos de los grandes terratenientes”.

“No pueden quitarles lo único que les da de comer”

Adebibe apuesta por hacerlo en el alto Rif central, que comprende buena parte de la provincia de Alhucemas y una comuna de la vecina Chaouen. Esa región ha convivido con el quif desde el siglo XVI. Los problemas comienzan en la Conferencia de Algeciras de 1906, donde Francia y España se reparten el territorio marroquí. En 1912 se crea el Régis des Tabacs et du Kif, una sociedad de capital francés que ejerció el monopolio de la venta hasta 1932, cuando Francia firmó el acuerdo internacional contra los estupefacientes y prohibió el cultivo del cannabis en la zona del protectorado francés. Se permitía la venta local, sin embargo, en cinco comunas.

Mohamed V prohibió el cultivo y la venta, pero siempre hubo manga ancha en la llamada zona histórica, la que rodea Ketama. Hay detenciones, sí, y también controles, pero nadie se ha atrevido nunca a erradicar los campos de quif. Si lo hicieran, se armaría una revolución. No pueden quitarles lo único que les da de comerEn 1954, Mohamed V acabó prohibiendo del todo el cultivo y la venta, pero siempre hubo manga ancha en la llamada “zona histórica”, la que rodea Ketama, la de los pequeños agricultores. Esa convivencia entre lo ilegal y lo tolerado pervive hasta hoy. Hay detenciones, sí, y también controles, pero los campos de quif son un secreto a voces y nadie se ha atrevido nunca a erradicarlos por completo. “Si lo hicieran, se armaría una revolución”, asegura Adebibe. “No pueden quitarles lo único que les da de comer”.

Después de que se marcharan los últimos hippies que la popularizaron, la ciudad de Ketama (hoy Issaguen) sigue siendo el lugar en el que las guías turísticas recomiendan no pernoctar. Apenas hay dos grandes calles con puestos ambulantes y unas cuantas tiendas de ultramarinos que se animan en el mercado local de los jueves. Más allá, dos explanadas repletas de basura aparecen rodeadas de un paisaje idílico de cedros que no encaja en la fotografía. Un potencial que no se ha querido o no se ha sabido explotar hacia el turismo.

También se sale de plano el hotel Tidighine, el antiguo parador, un establecimiento de cuatro estrellas que de vez en cuando acoge en su bar a lo más florido de los trapicheos de la zona. El bajo índice de desarrollo se extiende hasta los límites de la zona histórica, en Bab Barred (la puerta del frío), que tampoco puede describirse como un paraíso made in Lonely Planet, pero que sí da muestras del pequeño enriquecimiento de los traficantes locales en forma de colecciones de vehículos 4×4 y algún hostal que lava más blanco que el resto.

El plan para la legalización

Hace 14 años, Adebibe se fue con su proyecto de desarrollo económico para el alto Rif central bajo el brazo a todos los despachos de Rabat: autoridades nacionales, locales, regionales, embajadas… un plan que incluía continuar con el cultivo tradicional del quif y legalizarlo pero, al mismo tiempo, poner en marcha una política para dar oportunidades a los pequeños agricultores: electrificar la zona, plantar árboles, abrir centros de formación y colegios, relanzar la ganadería…

Sólo consiguió 18.000 frutales y la electrificación de uno de los valles cercanos a Ketama, que estuvo a oscuras hasta 2005. No hay escuelas salvo las de primaria. Para estudiar a partir de los 10 años hay que enviar a los niños a Ketama, y la dificultad de recorrer varios kilómetros hasta allí, en pleno invierno, entre la nieve, hace que los chicos dejen de acudir al colegio.

Hoy Adebibe quiere volver a intentarlo aprovechando que algo se mueve en el Parlamento de Rabat. Le ha enviado una carta al presidente del Gobierno, Abdelilá Benkirane, y se propone hablar con el rey Mohamed VI. “Si no se dota a la zona de infraestructuras y se forma a la población, de poco servirá legalizar. De todos modos, con o sin ley, la gente seguirá cultivando. Aquí esto es legal de facto, digan lo que digan los políticos, pero se trata de darles una vida mejor, para que no sean esclavos modernos”, sentencia.

”No se puede esconder la cabeza”, dice el diputado Bensaid. “No se puede negar. El producto existe”. Todo el norte vive en buena parte del quif  e incluso sirve de moneda entre vecinos cuando escasean los dírhams en la cartera. Los campos alfombrados de cannabis cubren las montañas y los valles. Los hijos pequeños de Hamid corretean entre las plantas cortadas. Las gallinas picotean los granos sueltos que han caído al suelo. Nuevos brotes crecen entre las piedras, en los resquicios de las puertas. Como dice una broma local, el quif crece hasta en el alquitrán. “Sin él estaríamos muertos”, comenta Hamid, que todavía espera a algún comprador que venga a llevarse sus 400 kilos.

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